Empezamos un año nuevo y se supone que con las fiestas navideñas, el encuentro con nuestros seres queridos y la idea de nuevos propósitos deben llenarnos de energía e ilusión.  Pero no siempre ocurre así y  muchos nos podemos sentir agotados y con la energía más baja de lo normal.

Es cierto que son fechas en las que comemos, hablamos, bebemos  y nos relacionamos constantemente, lo cual nos deja poco tiempo para el silencio y descansar de verdad.  Empezar el año supone una nueva oportunidad para aquello que hemos dejado pendiente o para proponernos nuevos retos que nos gustaría probar, ¿pero qué ocurre cuando no nos apetece hacer nada?

No sólo nos ocurre en fechas navideñas, puede ocurrirnos en cada cambio de estación, de etapa vital, de lunes a lunes. ¿Qué ocurre cuando la vida nos ofrece la oportunidad de dar un cambio y a nosotros no nos apetece hacer nada? Generalmente entramos en un estado de apatía que no sabemos interpretar.

Una de la cuestiones más importante es si realmente nos permitimos descansar cada cierto tiempo. En occidente estamos acostumbrados a tener que ser productivos constantemente, a una necesidad imperante de tener algo que contar, de hacer cosas, visitar cosas, en definitiva, de llenar nuestra vida de emociones intensas. Sin embargo otras culturas incluyen el descanso, el silencio y la tranquilidad como parte de la vida. En occidente, el descanso lo asociamos a esa franja de nuestra vida en la que no estamos trabajando, en la que aprovechamos para salir con amigos al cine, a cenar, a pasear por el campo y viajar. Y evidentemente todo son planes atractivos y necesarios pero muchas veces lo que necesitamos es silencio, puro silencio.

No sólo el cuerpo se agota de estar de un lado para otro, también la mente viaja de un lado a otro aunque estemos parados, aunque creamos que estamos descansando en nuestro sofá, incluso cuando estamos paseando por el campo. Silencio, no significa estar callado, no significa ausencia de sonido externo exclusivamente. Lo que necesitamos es llevar nuestra mente a un “estado de silencio” y digo “estado” porque no se trata de tener la mente en blanco, se trata de atender esa voz “ronroneante” que no para hasta que somos conscientes de ella. Cuando uno es capaz de escuchar esa retahíla de pensamientos que se escapan cuando aparentemente estamos sin hacer nada, algo se detiene, llega un silencio autentico, necesario para resetearnos y recargarnos desde dentro.

Muchas veces no sabemos que nos ocurre, muchas veces no nos damos cuenta de la cantidad de pensamientos que están agotando nuestra energía. A veces los pensamientos hablan en voz alta y podemos relajarlos con un paseo por el campo, pero otras veces esos pensamientos son susurros constantes que no cesan hasta que les prestamos atención. De esos pensamiento podemos sacar mucha información sobre nosotros mismo y sin juzgarlos podemos encontrar un estado de paz y tranquilidad por el simple hecho de comprender de donde viene esa inquietud, esa parálisis o apatía en la que llevamos sumergidos días y días.

Por eso lo que algunas veces necesitamos es entrar en silencio con nosotros mismos, escucharnos y atender lo que está ocurriendo dentro de nosotros. Comprender un pequeño conflicto que no cesa, un sentimiento de culpa o de fracaso, de falta de amor, de inquietud hacia la incertidumbre, de cualquier tipo de sentimiento que se encuentra dentro tratando de que le pongamos palabras. Escuchar, comprender, aceptar y no juzgar lo que ahí dentro ocurre, siempre tratando de verlo como algo pasajero, como algo con lo que no nos identificamos eternamente si no aceptándolo como algo momentáneo para dejar que se diluya poco a poco. Respetar ese momento y dejarse estar si fuera necesario. Muchas veces simplemente, tomando conciencia de esa voz sutil podemos cambiar el rumbo y decidir transformarla  en una dirección más positiva. Si no hay fuerzas, sin juzgarnos permanecer en silencio puede ser reparador.

El agotamiento mental es mucho más común en occidente de lo que creemos y es al estado al que menos atención le prestamos. Estamos acostumbrados a la evasión, cuando lo que necesitamos es introspección.

 

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