Cuando hablamos de imagen personal nos vienen muchos conceptos a la cabeza y depende de la persona que lo escuche o mencione hace referencia a un rostro, a un cuerpo, a la vestimenta o incluso a la forma de moverse.

La imagen por si misma abarca muchos aspectos a tener en cuenta. Numerosas investigaciones muestran que las personas se hacen una primera impresión de un extraño en muy pocos segundos. Treinta segundos exactamente suelen bastar para que formemos una primera impresión de una persona que acabamos de conocer, y tendemos a utilizar esa impresión para juzgarla o tener una opinión sobre ella, que resulta difícil de cambiar si no es a base de grandes demostraciones que lo contradigan.

Nuestro cerebro almacena información del pasado con recuerdos y memoria y no son simples pensamientos sino convicciones a las que muchas veces nos aferramos. Cuando conocemos a una persona y nos hacemos una idea de ella se almacena de la misma manera, por eso nos cuesta dejarnos sorprender por lo nuevo e inesperado que nos pueda aportar esa persona.

La imagen es un elemento muy importante que podemos usar a nuestro favor, ya que no sólo nos dice cómo nos ven los demás si no cómo nos sentimos con nosotros mismos. Sin darnos cuenta expresamos con ella lo que opinamos sobre nosotros mismos.

Esto no significa que debamos ir extremadamente preparados o que debamos pasar horas preocupados por nuestro cuerpo, nuestra cara o nuestra forma de vestir. Cuidar nuestra imagen empieza por encontrarnos bien en nuestro propio cuerpo desnudo, por aceptar cada rincón de él, por dejar de compararlo con estereotipos o imágenes diseñadas por ordenador. Un cuerpo desnudo no es más que nuestro vehículo en ésta tierra para poder trasladarnos de un lugar a otro y para dejar entrar los estímulos que de ella podamos recibir a través de los sentidos.

Nuestro cuerpo es mucho más que una imagen prediseñada por las agencias de marketing y si nos alejamos de ese patrón y empezamos a observarlo como parte de nosotros, no algo que otros deban observar si no como algo propio, para uno mismo y si tomamos conciencia que sin él no podríamos vivir, vivir en mayúsculas, podríamos comprender que se merece todo nuestro respeto, esté en la fase que esté. Eso no significa que muchas veces no nos demos cuenta de que nos hemos olvidado de él durante años, que lo hemos odiado y ocultado, que no le hemos dado lo que necesitaba para sentirse saludable y ligero. La ligereza tiene que ver con la agilidad, la elasticidad, nadie habla de un cuerpo delgado, hablamos de cuerpos en acción, dispuestos a vivir.

Nuestro rostro es el reflejo de nuestra salud.  Cuando hablamos del rostro en este caso hablamos de la piel, de la salud de la piel. Es el espejo ideal para entender los desequilibrios que puede haber emocionalmente, hormonalmente o el de una alimentación poco saludable o intolerante. La higiene y el cuidado que le ofrecemos a la piel se muestra cada día en nuestro rostro. Pasamos mucho más tiempo y gastamos mucho más dinero tapando los llamados defectos, ¿para quién?, que en cuidarla y sanarla desde dentro. También muchas empresas se encargan de saturarnos de productos que simulan cuidar la piel desde dentro, pero una buena gestión emocional  y unos hábitos saludables en la alimentación,  actividad física y la higiene personal pueden traer más del 50% de beneficios a nuestra piel que también se verá reflejado en otras partes del cuerpo. Todo está conectado por mucho que no seamos conscientes de ello. Incluida nuestra respiración, clave para una buena salud en la piel.

Nuestra forma de vestir no es más que el reflejo de cómo nos sentimos interiormente, precisamente con todo lo comentado hasta ahora. Si uno se siente cómodo en su cuerpo, si se siente saludable, ágil y vivo probablemente busque ropa que le haga sentirse igualmente confortable para que no bloquee esa energía. Si uno no se encuentra tranquilo en su piel, tratará de esconderlo o disfrazarlo o simplemente no tendrá ganas de vestirlo de ningún modo y se pondrá cualquier cosa con la que poder salir a la calle.

Sabemos que la moda es un arte, es una forma de expresión, la moda despierta las mentes creativas por sus formas, colores y texturas al igual que una pintura o una escena de teatro. Jugar con los diferentes elementos despierta en muchos de nosotros la diversión, las ganas de componer y crear un mundo nuevo, que es el gran motor del arte. Por eso no podemos olvidar que podemos jugar con ella, podemos sacar rienda suelta si queremos y adaptarla a nosotros, según el día, el evento o la situación. El arte no siempre debe ser complejo, también puede ser sencillo. La expresión abarca infinidad de emociones o viceversa. La clave es saber de dónde nace esa expresión.

 

Somos un cuerpo viviendo una vida, también somos mucho más. El cuerpo habla de nosotros, de nuestros sueños y nuestros anhelos claramente reflejado también en nuestra forma de movernos.

Respetarnos, implica cuidarnos completos. Se nos olvida lo que somos porque vivimos en la mente pensante constantemente. Una mente que se deja engañar y manipular, que cae en la ceguera emocional y corporal porque la mirada para tomar conciencia debe ser hacia dentro y no hacia afuera. Mirar siempre fuera nos despista, nos pierde de lo que realmente es importante y sólo lo valoramos cuando lo perdemos. Pero podemos darnos cuenta antes y disfrutar de ello durante toda la vida, porque nuestro cuerpo es maravilloso.

 

 

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